objetivos
lunes, 21 de febrero de 2011
Presentación
cachito
“La muerte nos opaca la vida, y sin embargo,
en casos raros, la vida y la muerte se entrelazan de forma tan preciosa
como un crepúsculo inacabable o un eclipse perpetuo”.
Apareció él, para esperarla. Atravesó el parque pisando leve sobre la hierba, a fin de que el perro que hacía tamaño escándalo cuando él pasaba, no lo detectara esta vez. En vano nuevamente. El Cachito, ridículo nombre miniaturizado para la bestia negra del otro lado de la reja que saltaba y babeaba furibunda, lo había percibido y arañaba el piso en el intento de hacer un túnel que le permitiese salir a atacarlo. “Quizá un día de estos lo logre”, pensó él. “Pero ojalá no lo logre”.
Avisada por los ladridos, una muchacha, rozando los 15 años tal vez, levantó un trocito de cortina y se sentó en un taburete para contemplar la calle, en dirección del árbol y su sombra. Se trataba de la dueña del perro y había visto muchas cosas desde esa misma ventada en el transcurrir de su infancia. Tenía los ojos abiertos casi sin parpadear, parecía pálida y un poco asustada. A la misma hora, de lunes a viernes, se acomodaba para mirarlo, y esta vez, un hombre viejo la acompañaba.
- Ves abuelito? ¿ves el árbol? ¡Ha crecido abuelito!! Está más grueso y tiene más ramas!
- De veras hijita? ¿cómo puede ser eso?
- De veras abuelito, y él parece más viejo también, si te lo dije antes.
Siguió caminando, ignorando adrede el bullicio del perro, ya sin intentar acallar sus propios sonidos. Alcanzó pronto la sombra del enorme árbol de molle que cada día lo cobijaba como arropándolo en la tibieza del sol de las seis de la tarde. Empezaba entonces la mejor hora del día para él, ya desde las cinco en que terminaba todo el trabajo del colegio y su madre le recomendaba que volviera temprano de su “paseo” cotidiano. ¿Realmente pensaría que era sólo un paseo? ¿Así como las caminatas de los convalecientes y los vagabundeos de los ancianos que van por ahí despidiéndose del mundo y de sus anocheceres? Cuando llegase a la vejez –ya lo había pensado- llegaría con ella, y si había que morirse, moriría con ella. Y si existía algo más allá de eso, estaría en el más allá con ella. Nada más fácil ni claro. “Soy afortunado”, se decía, “no sólo sé lo que haré en mi vida sino también lo que haré después”.
Pero llegó muy temprano, como siempre. Le agradaba eso de estar allí antes para sentirse satisfecho de sí mismo, era una cualidad que se lograba gratis y le hacía ser un hombre al que se podía tomar en serio. En una ocasión había intentado retrasarse porque era él quien siempre esperaba y esperaba, y quería sentirse esperado también. Siendo la cita a las seis, pensó en emplear diez minutos para darse un paseo por el manzano, girando a la izquierda en la esquina y además evitar al molesto Cachito hijo de perra. Caminaría tres cuadras y media antes de llegar a la sombra del molle. Daría pasos lentos, distribuyendo el tiempo de este modo: cien metros en tres minutos, o sea cien entre 180. En la práctica, equivalía a avanzar medio metro en un segundo, caminar al ritmo del corazón. Y comenzó el recorrido. Sin embargo, a medida que pasaban los segundos y minutos, el corazón tumultuoso que le latía se iba acelerando paso a paso, porque la idea de llegar tarde le hizo temer que ella no lo encontrara y que dolida por su ausencia, o molesta o quizá indiferente, se fuera. Eso era peor, miles de veces peor que quedarse esperando. Entonces, a mitad de camino, regresó sobre sus pasos a velocidad de dos metros por segundo, a zancadas. Sudoroso se detuvo bajo la sombra cómplice y comprobó que era temprano, como siempre, y gozoso empezó su tiempo de espera como si fuera un regalo hacia ella, todos los días. Jamás se le ocurriría intentar cambiar los papeles otra vez, sería él quien esperase y desesperase, y estaba bien. Era parte de su felicidad humilde. Y aunque sólo estuvieran juntos la media hora casi reglamentaria, ese tiempo valía más que todo lo que hiciera en el día.
Ella. En aquellos tiempos no podía llegar a casa después de las seis y cuarenta y cinco, así que después de que la campana del colegio anunciaba la salida, corría para coger el minibús que la llevaba hasta el molle frondoso distante una cuadra de su casa, para encontrarse con él. Una vez allí, a la sombra, era difícil distinguirlos porque las ramas se inclinaban ocultando lo que estuviera debajo, y apoyados en el tronco grabado con sus nombres, conversaban de materias, de música, del hogar que soñaban.
El perro seguía ladrando, alternando aullidos de tanto en tanto, arañando. La muchacha lo llamaba en voz baja porque tanto gemido ya se tornaba irritante. Pero Cachito estaba fuera de sí, ahora corriendo y dando fuertes aullidos, enloquecido.
- Para otra, habrá que darle un hueso o algo a este perro- sugirió el abuelo.
- Ya lo hice y no funciona.
- Dices que entonces era cachorro, no?
- Era, sí. Pobre cachito.
- Tú también eras pequeña.
La muchacha no contestó.
Él empezó a dar muestras de impaciencia, mirando a izquierda y derecha sin detenerse. La hora de la cita ya había pasado con trece minutos y sufría. Tenía la sensación de que el corazón se le ennegrecía de sangre coagulada, que los ojos le presionaban las cuencas porque querían romper en llanto y él no lo permitía aún. Cada vez que ella se retrasaba más de diez minutos el mundo se le iba desmenuzando y la muerte lo invadía. ¡Tanto la necesitaba! ¡Tanto dependía de su presencia! Le había dicho en algunas ocasiones que eso era enfermo, que no era bueno que él sufriera de tal modo. Y estaba de acuerdo. De poder elegir, las cosas serían distintas, sería más normal y común, menos enfermo. El amor es una infección le habían dicho a veces, una peste venenosa que se te mete en las células y te hace caer de rodillas frente al foco de infección causante. Ah! El amor te cubre bajo su sombra y puede guarecerte del mundo, o bien aplastarte hasta dejarte informe. Era muy parecido a una maldición, muy parecido a un milagro y muy parecido a su querido molle.
Ella, aquella tarde había estado ocupada en completar lecciones para el examen del día siguiente, pensando que él entendería, que lo siguiente que le diría consistiría en comprar un teléfono celular, para avisar cualquier cosa a cualquier hora. Le encantaría tener uno además, estaba de moda. Pero ya llegaría, ya terminaba y máximo en quince minutos estaría allá.
- Ya va a ser la hora abuelito, ¿de veras no puedes ver?
- No, pero creo que siento tristeza, cada vez más.
- Sí, es triste.
- ¿Tú también la sientes?
- Sí, pero yo porque puedo ver. Falta poco abuelito.
Cada minuto le pesaba más. ¿Qué podría estar retrasándola tanto? ¿Sería algo grave? “Claro, si no fuera grave ya hubiera llegado”, se respondió. Y no poder comunicarse… la incertidumbre se volvía muros de pedernal gigantes y oscuros que lo aislaban. Que lo apretaban hasta hacerle saltar las lágrimas. ¿Ir a buscarla al cole o quedarse a esperar? ¿irse-quedarse? Veinte minutos de retraso. El alma quebrándose como el suelo reseco de los salares, vaya manera de percatarse que tenía alma. Veinticinco minutos y la calle desierta, los minibuses parando y a veces sin parar, raudos e imprudentes hacia el sur. Quizá les estarían esperando también, en algún lugar bajo una sombra al atardecer.
Media hora de retraso. Ahora estaba furioso, el vengador que todos llevamos dentro se había encaramado hasta la superficie de su conciencia y entendía por qué algunos hombres golpean a las mujeres. Sí, el hombre es un triste animal desesperado que sólo pide un par de caricias para ser bueno.
Pero cuando sucedió aquello, ella había llegado, al fin. La había visto descendiendo del coche una cuadra antes de llegar al árbol. El conductor se había detenido a discutir con alguien en el minibús, seguro cuestión de monedas, y se negaba a avanzar hasta solucionarlo. Ella había bajado apresurada y él había decidido echar a correr para alcanzarla y no perder ni un segundo de su presencia. El vengador estaba vencido y sólo quedaba el niño lloroso que necesitaba un abrazo. Uno fuerte y prolongado que lo restaurara.
Ella lo había visto venir y prefirió esperar su llegada. Entonces, el conductor del vehículo había arrancado violentamente todavía mirando y vociferando a alguien a su derecha. Cuando al fin giró la cabeza al frente, había alcanzado a ver a pocos metros al joven que corría sin frenos en su dirección, y que casi cegado por las lágrimas no se había percatado del repentino movimiento. Un chirrido, un golpe seco, una salpicadura en el parabrisas y gritos, y los ladridos y aullidos de un perro pequeño que en ese momento había estado jugando con su ama en el jardín, una niña que contemplaba la escena con los ojos redondos y la boca en posición de grito, y que no pudo decir una palabra en muchos días. La cabeza de él manando su vida sobre las piedras, la última lágrima cegadora cayendo de sus pestañas.
- Ahora abuelito.
- Dímelo todo hija.
- Mira ya hacia el lado correcto, por donde llegan los minibuses. Hace como que va a correr
- Pero no llega... es una pena.
- Se detiene en seco, abuelito. Se agarra la cabeza y se contempla el pecho.
- ¿Parece que le duele?
- Sí, parece que le duele, y la cara se le arruga como cuando alguien va a empezar a llorar.
- Entonces se da cuenta...
- Abre la boca grande, muy grande, y lentamente, ¡eso es lo que me asusta! Como si gritara, pero no escucho nada. Esa vez hubieron gritos de verdad.
- Ah! Claro!
- Y empieza a desaparecer, junto con el árbol… Ya no está. Se fue abuelito.
- Y pensar que cuando cortaron el árbol creí que ya no lo verías más.
El escándalo de Cachito también se termina, y como si lo hubieran apaleado, corre con la cola entre las patas traseras a meterse en su casa. No sabe cómo hacer entender a su ama que a esa hora le duele mucho la cabeza, y se siente lleno de pena y amor.